El fútbol se puso de pie
falleció el Tate Deibe

-Para quienes, como el que escribe esta nota, tiene la certeza de que todo no termina con la muerte, el Tate Juan José Deibe, no falleció hace unos pocos días atrás, simplemente, se unió al gran equipo Candombero, que desde la eternidad, tiene su mirada hacia nosotros, los que estamos de este lado de la línea.
-El 2 de julio, el corazón del "Tate" Deibe, un señor con todas las letras quien defendió nuestros colores en 152 ocasiones entre 1957 y 1962 dejaba de latir, un apasionado por la vida y el fútbol, como bien lo describiera Adrián Bevilacqua en un reportaje sin desperdicios, que quedó grabado para siempre en tres carillas del libro San Telmo, memorias de una pasión, el que se inició en las inferiores de Boca, el que pasó en el '55 por Talleres de Remedios de Escalada, el que se prendía los domingos en el fútbol de potrero de la cancha de Piraña, el que fue ídolo indiscutido en nuestro club, el que trajinó seis años con la gloriosa azul celeste para quedar su nombre impregnado en todos los corazones de quienes lo vieron jugar, y en los de que no tuvimos la suerte de verlo, pero que supimos de su hombría y ejemplo para las posteriores generaciones, un agradecido de la vida y del fútbol y de su querido San Telmo, que como el dijo, le dio la oportunidad de tener lo que tenía, el que ...
-Se podrían hablar muchas cosas más del querido Juan José Deibe, pero finalizamos este breve y humilde homenaje con sus palabras: "De San Telmo guardo los más entrañables recuerdos. Esos recuerdos son los que fueron formando a uno. Los que dicen que hay que mellar en el futuro, yo digo que no hay futuro sin pasado. El que no tiene recuerdos no puede tener futuro. Este es mi sentir. Y San Telmo fue parte de mi vida".

-Hasta siempre Tate, aunque no te veremos por un tiempo, sentiremos siempre cerca tu presencia junto a aquellos que ya no están, pero que alientan desde el cielo. La pucha, que equipazo hay allá arriba, Blazina, Michelena, Calabró, Frágola, Andretta, Blazina, Corbatta, Palavicino, Peucelle, el Tate ...

por Enrique Castagniaro
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